El presidencialismo mexicano del siglo XX no apareció de un día para otro. Se fue construyendo a partir de la Revolución, de la creación de nuevas instituciones y de la necesidad de disciplinar a los grupos militares y políticos que habían disputado el poder durante años. La presidencia de Lázaro Cárdenas, entre 1934 y 1940, fue uno de los momentos decisivos de ese proceso.
En este episodio de El Podcast analizamos una paradoja: Cárdenas impulsó reformas sociales profundas y debilitó el poder personal de Plutarco Elías Calles, pero al mismo tiempo contribuyó a consolidar una Presidencia con enorme capacidad para ordenar al partido gobernante y articular a los principales sectores sociales.
Del Maximato a una Presidencia con poder propio
Cuando Cárdenas asumió el gobierno en diciembre de 1934, Calles todavía conservaba influencia sobre buena parte de la clase política. El llamado Maximato había mostrado que un expresidente podía actuar como árbitro del régimen desde fuera de la Presidencia.
Cárdenas rompió gradualmente con ese esquema. Sustituyó a funcionarios ligados al callismo, fortaleció su relación con organizaciones obreras y campesinas y, en 1936, expulsó a Calles del país. A partir de entonces, la autoridad política quedó mucho más claramente concentrada en el presidente en funciones.
Presidencialismo mexicano, partido y organización social
La fortaleza presidencial no dependió solamente de la personalidad de Cárdenas. También descansó en una nueva arquitectura política. En 1938 el Partido Nacional Revolucionario fue transformado en Partido de la Revolución Mexicana (PRM), organizado en sectores obrero, campesino, popular y militar. El objetivo era incorporar a grandes organizaciones sociales al sistema político y canalizar sus demandas dentro de una estructura vinculada al Estado.
Ese diseño ayudó a estabilizar la política nacional, pero también creó una relación asimétrica: el presidente se convirtió en el principal articulador entre gobierno, partido y organizaciones corporativas. El presidencialismo mexicano posterior desarrollaría esa capacidad hasta convertir al Ejecutivo en el centro del sistema político durante buena parte del siglo XX.
Reformas, legitimidad y concentración de autoridad
La reforma agraria, el apoyo a organizaciones obreras y la expropiación petrolera de 1938 dieron al gobierno cardenista una enorme legitimidad entre sectores populares. Esa legitimidad permitió al Ejecutivo impulsar transformaciones de gran alcance y mostró que la fuerza de la Presidencia podía apoyarse tanto en instituciones como en una amplia movilización social.
Por eso no conviene reducir el cardenismo a una etiqueta simple. Para profundizar en la dimensión biográfica y en las principales políticas de su gobierno, puede leerse también nuestra historia de Lázaro Cárdenas y su legado.
Una herencia que marcó al régimen político
El cardenismo no creó por sí solo todo el sistema presidencial mexicano, pero sí redefinió la relación entre presidente, partido y fuerzas sociales. Al terminar su mandato en 1940, Cárdenas respetó la sucesión presidencial y entregó el poder a Manuel Ávila Camacho. La combinación de un Ejecutivo muy fuerte con una sucesión institucionalizada se convertiría en una de las características centrales del régimen.
El presidencialismo mexicano debe entenderse, por tanto, como un proceso histórico. Para ampliar el contexto de la Revolución y la posrevolución puede consultarse el INEHRM, que reúne materiales y estudios sobre estas etapas de la historia nacional.
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