La historia detrás del poder. Las ideas detrás de la política
 

Lázaro Cárdenas: el presidente que cambió México para siempre

En la madrugada del 10 de abril de 1936, una comitiva de militares armados irrumpió en la quinta del general Plutarco Elías Calles en Cuernavaca. El hombre que había gobernado a México con mano de hierro durante doce años —directamente como presidente y luego desde las sombras como el Jefe Máximo de la Revolución— estaba en cama, convaleciente y leyendo una traducción al español de Mi Lucha, de Adolf Hitler. Sin miramientos, los oficiales le informaron que por órdenes presidenciales debía abandonar el país de inmediato. Horas después, un avión despegaba del Aeropuerto Central de la Ciudad de México rumbo a Los Ángeles. A bordo iba el dictador defenestrado; abajo, en el Palacio Nacional, el hombre que todos creían un títere manipulable acababa de asestar el golpe de autoridad más audaz de la historia política moderna del país.
Ese hombre era Lázaro Cárdenas del Río.

Para entender cómo un general michoacano de pocas palabras logró lo que ningún otro caudillo pudo —desmantelar el despotismo de Calles, expropiar la industria petrolera a los imperios anglosajones y refundar el Estado mexicano— hay que despojarse de los mitos escolares. Cárdenas no fue un santo laico ni un ideólogo dogmático; fue un pragmático genial, un nacionalista obstinado y un organizador político brillante que conocía las entrañas del poder tanto como las miserias del México rural.

El muchacho de Jiquilpan y las sombras del Maximato

Nacido el 21 de mayo de 1895 en Jiquilpan, Michoacán, en el seno de una familia de la baja burguesía local, Cárdenas se incorporó a la Revolución muy joven. No destacó por ser un genio militar rutilante como Obregón o Villa, sino por una disciplina administrativa implacable, una calma pasmosa bajo el fuego y una honestidad personal que contrastaba con la rapacidad de la mayoría de los generales revolucionarios.


Cárdenas estaba moldeado por virtudes muy claras: una austeridad personal rayana en el ascetismo, un valor sereno, una empatía genuina hacia los indígenas y campesinos, y una capacidad sobrehumana para escuchar durante horas sin perder la paciencia. Sin embargo, su figura también albergaba sombras y contradicciones: era un político sumamente astuto y calculador que sabía disimular sus intenciones hasta el momento del zarpazo, poseía una visión profundamente paternalista del poder y fue el arquitecto del sistema corporativo que le daría al Partido Revolucionario la hegemonía absoluta sobre el país durante siete décadas.
Cuando Calles lo eligió como candidato a la presidencia para el periodo 1934-1940, pensó que estaba instalando a un dócil ejecutor de sus órdenes. El Maximato había sido un periodo nefasto: Calles ponía y quitaba presidentes (Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez) mientras la corrupción florecía, los casinos proliferaban y las demandas sociales de la Revolución se congelaban para complacer a los inversionistas extranjeros.


Pero Calles cometió un error de apreciación fatal. Durante su campaña electoral, Cárdenas no se dedicó a hacer política de pasillo en la capital. Se subió al tren, al caballo y caminó a pie por los rincones más alejados del territorio nacional. Recorrió más de 27.000 kilómetros, durmiendo en chozas campesinas y escuchando de viva voz las quejas de comunidades que jamás habían visto a un alto funcionario. Cuando asumió la presidencia el 1 de diciembre de 1934, Cárdenas ya no dependía de la legitimidad que le daba Calles; tenía el respaldo directo de las masas populares.


Cuando Calles intentó frenar las huelgas obreras y criticó abiertamente al nuevo gobierno en junio de 1935, Cárdenas actuó con una fría precisión militar: destituyó a los ministros callistas de su gabinete, sustituyó a los gobernadores fieles al Jefe Máximo, cerró los casinos del país y, finalmente, mandó poner a Calles en un avión sin retorno.


El Tren Olivo y la revolución en la tierra


Libre de la tutela de Calles, Cárdenas transformó la presidencia en una oficina itinerante. A bordo del Tren Olivo, el convoy presidencial, convirtió la atención directa a los ciudadanos en una herramienta de gobernabilidad. Instalaba su despacho en cualquier estación de pueblo y recibía telegramas de campesinos que solicitaban tierras o herramientas.
El corazón de su proyecto social fue la Reforma Agraria. Cárdenas entendió que la paz en México era imposible mientras la tierra siguiera concentrada en manos de unos pocos hacendados. En seis años, expropió y repartió más de 18 millones de hectáreas a los campesinos bajo el esquema del ejido —más del doble de lo que habían repartido todos los presidentes anteriores juntos.

REPARTO AGRARIO EN MÉXICO (1915-1940)

Gobiernos anteriores (1915-1934) 8.3 millones de hectáreas

Lázaro Cárdenas (1934-1940) 18.3 millones de hectáreas

Las intervenciones más emblemáticas se dieron en la Comarca Lagunera (Coahuila y Durango) y en La Henequenera de Yucatán, donde desmanteló latifundios históricos y entregó tierras fértiles a comunidades organizadas, respaldadas por la creación del Banco de Crédito Ejidal.


Sin embargo, el proyecto agrario tuvo su lado crudo. En muchas regiones, el reparto se hizo de forma apresurada, sin la infraestructura, la maquinaria ni el crédito suficiente. La producción agrícola sufrió caídas severas en los primeros años, generando desabasto y descontento. Además, el ejido se convirtió en una trampa política: al depender los campesinos del crédito y los títulos que otorgaba el gobierno, Cárdenas los ató orgánicamente al Estado, convirtiéndolos en la base de votantes cautivos del régimen.


El choque con los imperios petroleros: El 18 de marzo de 1938

El evento que inmortalizó a Cárdenas fue el pulso directo que sostuvo contra los mayores monopolios petroleros del planeta: la estadounidense Standard Oil (de la familia Rockefeller) y la británica Royal Dutch Shell (a través de la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila).


Hacia 1937, el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM) se fue a la huelga exigiendo salarios dignos, jornadas de ocho horas y condiciones de seguridad elementales en los campos de Veracruz, Tamaulipas y Tabasco. Las empresas extranjeras, acostumbradas a tratar a México como una colonia bananera, se negaron rotundamente a negociar.
El conflicto escaló hasta la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje y, finalmente, a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que falló a favor de los trabajadores exigiendo a las empresas el pago de 26 millones de pesos en salarios caídos y mejoras laborales. Las compañías petroleras, en un acto de soberbia colonial, se declararon en rebeldía y desafiaron al gobierno mexicano declarando que no pagarían.


Lázaro Cárdenas vio en la insolencia de las empresas no solo un desacato laboral, sino una humillación a la soberanía nacional. El viernes 18 de marzo de 1938, a las diez de la noche, se dirigió al país a través de la cadena nacional de radio para anunciar el decreto de Expropiación Petrolera, amparado en el Artículo 27 constitucional.


La respuesta de la sociedad fue un estallido de fervor patriótico sin precedentes. Frente al Palacio de Bellas Artes se formaron filas kilométricas de ciudadanos de todas las clases sociales para aportar lo que tenían al pago de la indemnización: las damas de la alta sociedad entregaban sus joyas de la familia, las campesinas aportaban sus gallinas y puercos, y los niños escolares donaban sus ahorros en alcancías.


LA CRISIS PETROLERA DE 1938

 Empresas Extranjeras                Estado Mexicano

(Standard Oil / Royal Shell) (Lázaro Cárdenas / SCJN)
▼ ▼
Desacato al fallo judicial Decreto de Expropiación
y amenaza de boicot. (18 de marzo de 1938).

¿RESPUESTA INTERNACIONAL?

Gran Bretaña: Estados Unidos:
Rompe relaciones diplomáticas Acepta la indemnización
e impone boicot comercial. (Política del Buen Vecino /
Amenaza de la Segunda Guerra).

La jugada geopolítica con Washington y Londres


La jugada de Cárdenas era extremadamente peligrosa. Gran Bretaña reaccionó con furia, rompió relaciones diplomáticas con México e impuso un bloqueo comercial absoluto para impedir que el país vendiera su petróleo o comprara refacciones y buques tanque.


¿Por qué Estados Unidos no envió a los Marines a invadir México, como lo había hecho antes en Nicaragua o la República Dominicana? La respuesta está en la diplomacia de la época y en el escenario mundial.


En la Casa Blanca gobernaba Franklin D. Roosevelt, promotor de la Política del Buen Vecino, quien entendía que el fascismo en Europa y el militarismo en Japón amenazaban con desatar una conflagración mundial. Roosevelt no podía darse el lujo de tener a un país vecino hostil o inestable que pudiera convertirse en un surtidor de petróleo para la Alemania nazi. Además, el embajador estadounidense en México, Josephus Daniels —un hombre profundamente empático con el pueblo mexicano y antiguo superior de Roosevelt en la Marina—, abogó incansablemente para frenar a los halcones de Wall Street, convenciendo a Washington de negociar una indemnización justa en lugar de usar la fuerza.


Cárdenas demostró un pragmático nervio de acero: cuando las potencias occidentales le cerraron las puertas, le vendió petróleo a la propia Alemania nazi y a la Italia fascista durante varios meses para sostener la economía del país, hasta que la fundación de Petróleos Mexicanos (PEMEX) y los acuerdos de compensación con EE. UU. lograron estabilizar la industria.

La diplomacia del honor: El asilo a la República Española y a León Trotsky


En el plano internacional, el gobierno de Cárdenas colocó a México en la cima de la dignidad ética global durante uno de los periodos más oscuros de la humanidad.


Cuando estalló la Guerra Civil Española (1936-1939), mientras las democracias europeas miraban hacia otro lado mediante un cobarde pacto de «no intervención», Cárdenas vendió armas abiertamente a la República Española que luchaba contra el fascismo de Francisco Franco. Tras la derrota republicana, abrió de par en par las puertas de México para recibir a más de 20.000 exiliados españoles: intelectuales, poetas, médicos, científicos, artistas y los célebres «Niños de Morelia», huérfanos de la guerra. Esta migración transformó para siempre la vida universitaria, científica y cultural de México.


En 1937, desafiando a los diplomáticos occidentales y a las furiosas protestas de la izquierda estalinista local, Cárdenas le otorgó asilo político al líder revolucionario ruso León Trotsky, perseguido a muerte por el régimen de Iósif Stalin. Acogido inicialmente en la Casa Azul de Diego Rivera y Frida Kahlo en Coyoacán, Trotsky encontró en México el único rincón del mundo dispuesto a protegerlo, hasta que fue asesinado por el agente estalinista Ramón Mercader en 1940.


Educación Socialista y la invención del régimen corporativo


Dentro de las fronteras, Cárdenas impulsó reformas radicales para modernizar la estructura del país:
Educación Socialista: Modificó el Artículo 3º constitucional para establecer una enseñanza laica, científica y orientada a combatir el fanatismo religioso y los prejuicios. En este periodo se fundó el Instituto Politécnico Nacional (IPN) en 1936, concebido para formar a los ingenieros y técnicos que la nueva industria nacional necesitaba.

El corporativismo y la creación del PRM: En 1938, Cárdenas disolvió el antiguo Partido Nacional Revolucionario (PNR) de Calles y fundó el Partido de la Revolución Mexicana (PRM).


Este nuevo partido no se organizó por ciudadanos individuales, sino por sectores corporativos controlados desde el Ejecutivo:
El Sector Obrero: Centralizado en la recién creada Confederación de Trabajadores de México (CTM), dirigida por el intelectual marxista Vicente Lombardo Toledano.
El Sector Campesino: Agrupado en la Confederación Nacional Campesina (CNC).
El Sector Popular: Para la burocracia y las clases medias.
El Sector Militar: Que agrupaba a las Fuerzas Armadas (y que desaparecería en el siguiente sexenio).


Con este esquema, Cárdenas institucionalizó la política mexicana. Le quitó el poder a los caudillos militares regionales y se lo entregó a las grandes centrales sindicales y campesinas. El resultado fue una estabilidad política envidiable en una América Latina infestada de golpes de Estado, pero el precio a largo plazo fue la creación del «monstruo» del PRI: un sistema de partido hegemónico, cliente y antidemocrático que gobernaría sin contrapesos durante décadas.


La encrucijada de 1940: La renuncia al radicalismo y el retiro del titán
Hacia el final de su mandato, la tensión política en México había llegado a un punto de ebullición. Las expropiaciones, la educación socialista y el fortalecimiento de los sindicatos provocaron una feroz reacción de la derecha conservadora y de los sectores empresariales. Surgió el movimiento del Partido Acción Nacional (PAN) en 1939 y la candidatura presidencial del general Juan Andrew Almazán, un exrevolucionario de derecha que amenazaba con un levantamiento armado respaldado por Estados Unidos si el gobierno le hacía fraude.


En su propia sucesión, Cárdenas enfrentó el dilema más amargo de su carrera. Su corazón y sus ideales estaban con el general Francisco J. Múgica, un hombre de una pureza ideológica radical, autor intelectual de los artículos más progresistas de la Constitución y amigo cercano del presidente. Múgica representaba la continuidad y el profundizamiento de la Revolución.
Sin embargo, Cárdenas tomó una decisión fría y pragmática. Entendió que la candidatura de Múgica provocaría una guerra civil inevitable y una probable intervención armada de Estados Unidos en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Por ello, sacrificó a su amigo y eligió como candidato al general Manuel Ávila Camacho, un hombre moderado, conciliador, católico y con excelentes contactos con la burguesía y el gobierno estadounidense.


La elección de 1940 fue sangrienta y plagada de irregularidades en las urnas, pero Ávila Camacho asumió la presidencia y marcó el freno de mano al proyecto radical revolucionario: se restablecieron las relaciones con la Iglesia, se atenuó la reforma agraria y se privilegió la industrialización privada.


A diferencia de Porfirio Díaz o Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas demostró su última gran virtud al entregar el poder el 1 de diciembre de 1940: supo retirarse. Rechazó convertirse en un nuevo Jefe Máximo, rehusó interferir en las decisiones de Ávila Camacho y se retiró a su casa en Michoacán. Apoyó al país como Secretario de la Defensa Nacional durante la Segunda Guerra Mundial cuando México le declaró la guerra a las potencias del Eje en 1942, y dedicó los últimos años de su vida a proyectos de desarrollo regional en la cuenca del Río Tepalcatepec y al activismo por la paz mundial.


Cuando murió de cáncer el 19 de octubre de 1970, miles de campesinos indígenas bajaron a pie desde las sierras de Michoacán para llorar sobre el ataúd del hombre al que llamaban, simplemente y con afecto filial, El Tata. Lázaro Cárdenas no dejó una fortuna personal ni una dinastía autocrática; dejó un país con una industria propia, una identidad nacional fortalecida y un marco institucional que resistió las tempestades del siglo XX.

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Abogado y director de El Vlog. Autor de Antropología Política, espacio dedicado al análisis del poder, la historia política y las ideas que han construido México.

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