El 16 de octubre de 1909, la frontera entre El Paso y Ciudad Juárez fue el escenario de un encuentro diplomático sin precedentes: la primera reunión entre un presidente estadounidense en funciones, William Howard Taft, y el anciano dictador mexicano, Porfirio Díaz. Por fuera, todo fue etiqueta, carruajes elegantes y discursos diplomáticos sobre la amistad entre dos naciones vecinas; por dentro, fue un choque brutal de intereses imperialistas y soberanía nacional.
El encuentro estuvo marcado por asuntos fronterizos y económicos, incluido El Chamizal, cuya soberanía estaba en disputa. La documentación diplomática disponible muestra que ambos gobiernos acordaron mantener ese territorio en statu quo durante la visita. Años después, Taft manifestó preocupación por la sucesión de Díaz y una posible revolución debido a las inversiones estadounidenses en México. No existe evidencia suficiente para afirmar que la Casa Blanca decidiera en aquella reunión provocar la caída del régimen.
Porfirio Díaz no era un villano de caricatura, pero tampoco el héroe impoluto que retrataba la historia oficial. Era un hombre atravesado por profundas contradicciones. Poseía las virtudes insustituibles de un verdadero estratega militar y un patriota que había combatido con bravura contra la intervención francesa en batallas legendarias como Puebla y Miahuatlán. Tuvo la visión de conectar a México mediante miles de kilómetros de vías férreas, de estabilizar las finanzas de un país que llevaba un siglo en bancarrota y de proyectar la nación hacia la modernización.
Sin embargo, sus defectos terminaron por ahogar a la patria. Díaz era un autócrata despiadado que gobernó con la máxima de «mátalos en caliente» para aplastar cualquier disidencia. Permitió que una camarilla de tecnócratas racistas y positivistas, bautizados como los Científicos, vendiera el país al capital extranjero a costa de la explotación extrema de obreros y campesinos. Con los años, la vanidad y la soberbia congelaron su juicio; se rodeó de ancianos cortesanos y quedó ciego ante la miseria social que ardía en las provincias mientras él celebraba bailes de gala en el Palacio Nacional.
El hombre que encendió la mecha contra semejante gigante no venía de la miseria rural, sino del núcleo de una de las familias más acaudaladas de todo el continente. Francisco I. Madero era el heredero de un imperio financiero y agrícola en Coahuila que abarcaba minas, haciendas algodoneras, fábricas y bancos. Físicamente pequeño, vegetariano, abstemio y sumamente ingenuo para la política de navaja limpia, Madero tenía una faceta oculta que sus biógrafos oficiales solían matizar: era un fervoroso místico y espiritista. Fungía como médium en sesiones secretas, escribía libros bajo seudónimo y estaba convencido de que los espíritus de su difunto hermano Raúl y del mismísimo Benito Juárez le dictaban desde el más allá la misión divina de liberar a México de la tiranía.
Madero poseía virtudes incuestionables: un valor personal desmedido, una fe inquebrantable en la democracia liberal y una decencia personal intacta en un medio corrupto. Pero sus defectos resultaron nefastos para el destino del país. Era un hombre con puntos ciegos elitistas, incapaz de entender que los campesinos no querían únicamente el derecho a votar, sino recuperar las tierras que les habían robado. Su desmedida candidez lo llevó a confiar en los viejos militares porfiristas que solo esperaban el momento oportuno para apuñalarlo por la espalda.
Tras el fraude electoral de 1910 y su encarcelamiento, Madero escapó y se refugió en Estados Unidos, desde donde organizó el movimiento antirreeleccionista y publicó el Plan de San Luis. La frontera permitió la actividad de exiliados, la difusión de propaganda y el tráfico de armas, mientras Washington observaba con creciente preocupación la inestabilidad mexicana.
Cuando Madero llamó a las armas el 20 de noviembre de 1910, la respuesta no vino de los salones burgueses, sino del México profundo, encarnada por dos figuras populares irrepetibles y trágicas.
En las montañas de Morelos se levantó Emiliano Zapata, el líder comunitario de Anenecuilco. Zapata era un hombre de presencia imponente, sobrio, de mirada penetrante y vestir impecable de charro. Su mayor virtud fue una honestidad a prueba de todo y una lealtad inquebrantable hacia las comunidades indígenas y campesinas; era un líder incorruptible que jamás buscó la silla presidencial ni el enriquecimiento personal, guiado únicamente por la bandera de «Tierra y Libertad». Su defecto fue una rigidez política absoluta y una profunda desconfianza hacia cualquier gobierno central, lo que terminó aislando su movimiento agrario del resto de las dinámicas políticas del país, ejecutando a veces una justicia brutal y sumaria contra terratenientes y percibidos traidores en Morelos.
En los desiertos del norte surgió la fuerza arrasadora de Doroteo Arango, conocido inmortalmente como Pancho Villa. Exbandolero, cuatrero y fugitivo de la justicia porfirista, Villa se convirtió en un genio militar empírico. Sus virtudes eran deslumbrantes: una devoción genuina hacia los pobres, una lealtad canina hacia Madero, una capacidad organizativa para crear la formidable División del Norte y una pasión casi infantil por la educación pública, llegando a construir decenas de escuelas en Chihuahua en cuestión de semanas. Pero su reverso era tenebroso. Villa era un hombre de impulsos salvajes, violento, mujeriego desmedido que acumuló decenas de bodas ilegítimas, e incapaz de contener una ira asesina que lo llevaba a fusilar a prisioneros rendidos o a colaboradores por meras sospechas.
La presión militar combinada del norte y del sur desmoronó el régimen porfirista en mayo de 1911. Díaz firmó su renuncia y se embarcó al exilio en Francia, pero la Revolución apenas comenzaba su baño de sangre.
Madero asumió la presidencia tras ganar las elecciones, pero cometió el error histórico de disolver a los ejércitos revolucionarios mientras mantenía intacto al ejército federal porfirista. Cuando Zapata vio que el nuevo presidente postergaba la devolución de las tierras, le dio la espalda proclamando el Plan de Ayala. El gobierno de Madero se vio sitiado por rebeliones de izquierda y derecha, y fue en ese momento cuando los Estados Unidos mostraron su cara más siniestra e intervencionista a través de su embajador en México, Henry Lane Wilson.
Henry Lane Wilson era un diplomático hostil a Madero y cercano a intereses empresariales estadounidenses. Durante la Decena Trágica, en febrero de 1913, la embajada de Estados Unidos fue escenario del llamado Pacto de la Embajada, mediante el cual Victoriano Huerta y Félix Díaz acordaron desplazar al gobierno. Huerta traicionó a Madero, ordenó su encarcelamiento y consintió su asesinato, ocurrido junto con el del vicepresidente José María Pino Suárez cerca de la penitenciaría de Lecumberri.
Victoriano Huerta fue un militar de carrera, disciplinado y eficiente en campaña, pero también un gobernante autoritario conocido por su alcoholismo. Instaló una dictadura basada en la represión, el asesinato de opositores y la leva forzosa de miles de ciudadanos.
El indignante magnicidio de Madero encendió a toda la nación y creó una coalición de comandantes decididos a aplastar al usurpador Huerta. Al frente de este Ejército Constitucionalista se colocó Venustiano Carranza, un político norteño alto, de larga barba blanca y aspecto patriarcal. Carranza era un hombre de leyes, sumamente terco, pagado de sí mismo y con un halo de superioridad moral que irritaba a los líderes populares. Su gran virtud fue un nacionalismo de hierro a prueba de presiones extranjeras y una visión institucional para darle cauce legal al país; su gran defecto fue una soberbia autoritaria que lo hacía intolerante a la crítica y que lo llevó a ordenar o consentir la eliminación física de sus rivales políticos sin remordimiento alguno.
A su lado emergió uno de los estrategas más eficaces del constitucionalismo: Álvaro Obregón. Agricultor sonorense y militar autodidacta, Obregón destacó por su inteligencia pragmática y obtuvo sus victorias decisivas frente a Villa en el Bajío. También entendía la política como negociación y cooptación de lealtades. A Obregón se le atribuye la frase «No hay general que resista un cañonazo de cincuenta mil pesos», aunque él negó haberla pronunciado.
En medio de esta lucha, la política exterior de Estados Unidos dio un vuelco. El nuevo presidente en Washington, Woodrow Wilson, era un puritano académico que sentía un profundo asco moral por el asesino Victoriano Huerta. Decidido a «enseñar a los latinoamericanos a elegir buenos hombres», Wilson impuso un bloqueo de armas al régimen huertista.
En abril de 1914, usando como pretexto el arresto menor de unos marinos estadounidenses en Tampico, el presidente Wilson ordenó la invasión y ocupación militar del puerto de Veracruz. La verdad cruda de esta intervención fue puramente geopolítica: Estados Unidos quería impedir que el vapor alemán Ypiranga desembarcara un masivo cargamento de armas destinadas al ejército de Huerta, y de paso apoderarse de la aduana marítima para ahogar financieramente al dictador. Los cadetes de la Escuela Naval y los civiles veracruzanos resistieron heroicamente el desembarco, pagando con decenas de vidas la agresión extranjera.
Con las armas bloqueadas y acorralado por las victorias de la División del Norte de Villa y los avances de Obregón, Huerta renunció y huyó en julio de 1914. Pero la derrota del tirano solo abrió la puerta para la etapa más sangrienta de todas: la guerra civil entre los propios revolucionarios.
Se reunieron en la Convención de Aguascalientes para intentar acordar el futuro de México, pero el abismo ideológico y personal entre las partes era insalvable. Villa y Zapata unieron sus fuerzas en el bando de los Convencionistas, representando el alma popular y la transformación social desde abajo. Carranza y Obregón encabezaron a los Constitucionalistas, defendiendo el orden legal, la modernización del Estado y la hegemonía política del norte.
Villa y Zapata se reunieron por primera vez en Xochimilco el 4 de diciembre de 1914, donde formalizaron su alianza. Dos días después, el 6 de diciembre, desfilaron con sus fuerzas por la capital y llegaron al Palacio Nacional. Allí Villa se sentó en la silla presidencial para una célebre fotografía, mientras Zapata permaneció de pie.
La definición de la guerra se dio en las Batallas de Celaya, en abril de 1915. Villa confió en la fuerza de su caballería y lanzó ataques frontales, mientras Obregón empleó trincheras, alambre de púas y ametralladoras. Las derrotas debilitaron gravemente a la División del Norte. El 3 de junio de 1915, durante los combates de la Batalla de Trinidad, una granada alcanzó a Obregón en la hacienda de Santa Ana del Conde, Guanajuato, y perdió el brazo derecho.
Desesperado, golpeado y sintiéndose traicionado porque Estados Unidos terminó reconociendo al gobierno de Venustiano Carranza, Pancho Villa cometió una locura histórica en marzo de 1916: cruzó la frontera y atacó el pueblo de Columbus, Nuevo México, ejecutando a soldados y civiles estadounidenses. La respuesta de Washington fue inmediata. El presidente Wilson envió a México la Expedición Punitiva, un contingente de más de 10,000 soldados fuertemente armados bajo el mando del general John J. Pershing, con la misión de capturar a Villa vivo o muerto.
Durante casi un año, las tropas estadounidenses persiguieron a Villa sin conseguir capturarlo. Villa se ocultó en las montañas de Chihuahua, mientras Carranza exigía la salida de las fuerzas extranjeras. Las tensiones llegaron al enfrentamiento armado entre tropas constitucionalistas y estadounidenses en la Batalla de Carrizal. La Expedición Punitiva se retiró de México a principios de 1917 sin haber capturado a Villa, en un contexto de crecientes tensiones diplomáticas y de la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial.
En medio de aquel país devastado, empobrecido y golpeado por las epidemias, Venustiano Carranza promulgó la Constitución del 5 de febrero de 1917 en Querétaro. La Carta Magna fue el triunfo de los diputados más radicales del Congreso, quienes lograron incluir los derechos sociales más avanzados del planeta en su época: la educación pública, laica y gratuita en el Artículo 3º; la propiedad de la Nación sobre las tierras, aguas y el petróleo en el Artículo 27º; y la protección a los trabajadores con la jornada de ocho horas y el salario mínimo en el Artículo 123º.
El trágico epílogo de esta epopeya fue que la Revolución devoró implacablemente a cada uno de sus creadores. Los hombres que sobrevivieron a las balas extranjeras y a las batallas campales se fueron exterminando entre sí en las sombras de la conspiración política:
Zapata fue asesinado a traición en 1919 en la hacienda de Chinameca, víctima de un complot montado con la aprobación de Carranza. Un año después, en 1920, el propio Carranza fue acribillado en una choza en Tlaxcalantongo mientras huía de las fuerzas de Obregón, quien se había levantado en armas mediante el Plan de Agua Prieta. Pancho Villa fue emboscado y acribillado a tiros en Parral en 1923, cuando los sonorenses temieron que pudiera volver a tomar las armas. Y finalmente, Álvaro Obregón fue asesinado en un restaurante de la Ciudad de México en 1928 a manos de un fanático religioso, cuando intentaba reelegirse en la presidencia.
Las estimaciones demográficas varían, pero la Revolución Mexicana y sus consecuencias provocaron alrededor de un millón de muertes directas e indirectas, además de desplazamientos, epidemias y destrucción económica. El conflicto transformó la estructura política y social del país, impulsó la Constitución de 1917 y abrió una larga etapa de construcción institucional, aunque muchas de sus promesas quedaron incompletas.