El 4 de marzo de 1929, en el Teatro de la República de la ciudad de Querétaro, se congregaron hombres que hasta hacía muy poco se habrían matado entre sí al cruzarse en un camino. Había allí generales broncos de la Revolución, gobernadores con ejércitos propios, líderes campesinos armados y viejos políticos porfiristas reconvertidos. No los unía una idéntica doctrina ni una profunda amistad, sino el pánico a un abismo común: el caos absoluto y la autodestrucción.
Aquella tarde, bajo la batuta del general Plutarco Elías Calles, nació el Partido Nacional Revolucionario (PNR). Ninguno de los asistentes imaginaba que estaba presenciando el nacimiento de la maquinaria política más longeva y perfeccionada del mundo occidental contemporáneo, una hegemonía que gobernaría México durante 71 años ininterrumpidos y a la que el escritor peruano Mario Vargas Llosa bautizaría décadas después como «la dictadura perfecta».
Para comprender cómo el PRI llegó al poder y logró sostenerlo durante más de siete décadas, no hay que buscar la historia de un golpe de Estado violento ni la de un caudillo providencial, sino la génesis de una obra maestra del pragmatismo político: la invención de un sistema capaz de institucionalizar la violencia y disciplinar a las élites.
El magnicidio de La Bombilla y la profecía de Calles
El detonante que dio origen al partido no fue una victoria electoral, sino un asesinato que sacudió los cimientos del país.
En julio de 1928, el general Álvaro Obregón, el hombre fuerte que había ganado la Revolución y que acababa de reelegirse para la presidencia, fue asesinado por el fanático católico José de León Toral mientras comía en el restaurante La Bombilla de la Ciudad de México. De golpe, la política mexicana quedó totalmente descapotada. Sin Obregón, la única figura capaz de arbitrar las disputas entre los más de dos mil caciques y jefes militares que gobernaban el país a balazos era Calles, cuyo periodo presidencial estaba a punto de terminar.
México parecía al borde de una nueva conflagración civil. Los generales de la Revolución afilaban los sables y los gobernadores preparaban sus partidas armadas para disputarse el trono vacante.
El 1 de septiembre de 1928, durante su último informe de gobierno, Calles pronunció una frase que cambiaría para siempre la historia del país:
«México debe pasar, de una vez por todas, de la condición de país de un solo hombre a la de una nación de instituciones y leyes.»
La genialidad de Calles no residió en crear un partido político para competir por el poder contra la oposición, sino en crear un cartel de contención interna. En lugar de que los jefes militares y los caudillos regionales se masacraran en los campos de batalla en cada sucesión presidencial, el PNR les ofreció una mesa de negociación a puerta cerrada. Las disputas ya no se resolverían con ametralladoras, sino con cuotas de poder, presupuestos, gubernaturas y candidaturas aseguradas.
EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL PARTIDO
PNR (1929) ──► Centralización de caudillos militares y caciques.
│ (Creado por Plutarco Elías Calles)
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PRM (1938) ──► Corporativismo social (Obreros, Campesinos, Popular).
│ (Transformado por Lázaro Cárdenas)
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PRI (1946) ──► Burocracia civil, tecnócratas y consolidación hegemónica.
(Renombrado por Manuel Ávila Camacho y Miguel Alemán)
La metamorfosis cardenista: El Estado se vuelve partido
Si Calles inventó la estructura inicial del PNR como una confederación de caciques, fue Lázaro Cárdenas quien en 1938 transformó esa maquinaria en un monstruo invencible mediante el corporativismo.
Cárdenas entendió que un partido formado solo por generales y políticos de élite era vulnerable. Por ello, desmanteló el PNR y refundó el organismo bajo el nombre de Partido de la Revolución Mexicana (PRM). Su innovación clave fue engullir a las masas populares dentro de la estructura oficial.
Organizó el partido en sectores rígidamente disciplinados:
- El Sector Obrero: Representado por la Confederación de Trabajadores de México (CTM). Si eras obrero textil, petrolero o ferrocarrilero, estabas automáticamente afiliado al partido.
- El Sector Campesino: Canalizado a través de la Confederación Nacional Campesina (CNC), que controlaba la entrega de títulos ejidales y créditos agrícolas.
- El Sector Popular: La Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP), que agrupaba a la burocracia estatal, maestros, comerciantes y profesionales.
- El Sector Militar: Que integraba temporalmente a los mandos del Ejército.
Con este esquema, Cárdenas logró algo inédito: fusionó al partido con el propio Estado. No se podía ser líder sindical sin ser leal al partido; no se podía obtener crédito agrícola sin el aval de la CNC; no se podía ascender en la burocracia pública sin someterse a las directrices del Ejecutivo. La sociedad mexicana quedó regimentada desde las entrañas.
1946: De los sables a los trajes de seda (El nacimiento del PRI)
Para la década de 1940, la Segunda Guerra Mundial tocaba a su fin y el mundo le daba la espalda a los regímenes militares. El partido requería una última gran mutación para proyectar una imagen de modernización y estabilidad civil ante el escenario internacional.
En enero de 1946, el presidente Manuel Ávila Camacho impulsó la reorganización definitiva de la estructura y le dio su nombre definitivo y paradójico: Partido Revolucionario Institucional (PRI). La sola combinación de los términos encierra una de las mayores contradicciones semánticas de la política moderna: revolucionario (cambio, ruptura, violencia) e institucional (orden, jerarquía, continuidad).
Con la llegada de Miguel Alemán Valdés a la presidencia en 1946 —el primer presidente civil tras una larga cadena de generales—, los sables y las botas militares fueron desplazados definitivamente por los trajes de tres piezas y los títulos de abogado de la Universidad Nacional. Los viejos generales de la Revolución cedieron la posta a una nueva clase de administradores, abogados y tecnócratas que mantendrían intactas las mañas del sistema, pero vestidos con la elegancia de la modernización urbana.
Las reglas no escritas del «Presidencialismo»
El PRI no dominó a México únicamente mediante el fraude electoral o la fuerza militar bruta —mecanismos que reservaba solo para emergencias de extrema gravedad—, sino a través de un complejo código de «reglas no escritas» que todos los miembros del régimen acataban con devoción casi religiosa.
EL ENGRANAJE DEL PODER PRIÍSTA
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│ EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA │
│ (Monarca sexenal con facultades meta- │
│ constitucionales absolutas) │
└────────────────────────┬────────────────────────┘
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┌───────────────┴───────────────┐
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EL «DEDAZO» EL «TAPADO»
Mecanismo mediante el cual Candidato presidencial cuya
el presidente elegía a su identidad se mantenía en
sucesor de forma unilateral. secreto hasta el momento justo.
1. El Presidencialismo Imperial
Durante su mandato de seis años, el Presidente de la República no era simplemente el titular del Ejecutivo; era un monarca absoluto sin contrapesos reales. Controlaba el Congreso, sometía al Poder Judicial, designaba a los gobernadores y dictaba la política de las centrales sindicales.
2. El «Tapado» y el «Dedazo»
No había elecciones primarias ni debates abiertos. Hacia el quinto año de cada sexenio, se iniciaba el ritual del tapado: la especulación sobre quién sería el elegido dentro del gabinete presidencial. Llegado el momento, el presidente en funciones realizaba el dedazo: señalaba directamente a su sucesor. A partir de ese segundo, toda la estructura del partido, las centrales obreras y la prensa se alineaban incondicionalmente con el «candidato de la unidad».
3. La disciplina del retiro
A cambio de ostentar un poder casi divino durante seis años, el presidente saliente debía cumplir la regla de oro del sistema: retirarse por completo de la vida pública una vez entregada la banda presidencial. Quien intentara romper esta regla y ejercer el poder desde atrás —como lo intentó Calles en los años 30 o más tarde Carlos Salinas de Gortari en los 90— era aplastado o exiliado por el nuevo mandatario.
4. La cooptación antes que la represión
El lema no escrito del régimen era sencillo: El régimen hizo célebre una frase atribuida a Álvaro Obregón: «No hay general que resista un cañonazo de cincuenta mil pesos». Aunque Obregón negó haberla pronunciado, la expresión terminó simbolizando la cooptación política de la época.. El PRI prefería comprar a sus opositores, integrar a los intelectuales críticos al presupuesto estatal y otorgarle concesiones a los empresarios antes que recurrir a las armas. Sin embargo, cuando la cooptación fallaba y la hegemonía se veía amenazada por movimientos independientes, el Estado no dudaba en golpear con puño de hierro, como ocurrió desgarradoramente con el movimiento estudiantil en la matanza de Tlatelolco en 1968.
El secreto de siete décadas de permanencia
La razón por la cual el PRI logró permanecer 71 años continuos en el poder (desde la fundación del PNR en 1929 hasta la derrota electoral de 2000) no fue la simple tiranía, sino su extraordinaria capacidad de metamorfosis pragmática.
El PRI no era un partido de izquierda ni de derecha; era la personificación ideológica del Estado. Podía ser socialista con Cárdenas en los años 30, conservador y anticomunista con Miguel Alemán en los 50, desarrollista con Gustavo Díaz Ordaz en los 60, populista con Luis Echeverría en los 70 y neoliberal de libre mercado con Carlos Salinas de Gortari en los 90.
Mientras las dictaduras militares de América Latina (como las de Argentina, Chile o Brasil) caían una tras otra debido a la rigidez de sus regímenes y la violencia de sus golpes de Estado, el PRI ofrecía al mundo una fachada institucional perfecta: elecciones periódicas cada seis años, alternancia formal de figuras en la presidencia y una estabilidad social enviable que convirtió a México en el refugio financiero e ideológico del continente durante las décadas más convulsas de la Guerra Fría.
El partido no llegó al poder conquistando a los votantes; llegó al poder inventando el propio sistema político, apoderándose de la memoria de la Revolución Mexicana y convirtiéndose, durante casi tres cuartos de siglo, en el único filtro a través del cual era posible imaginar la existencia de México.