La historia detrás del poder. Las ideas detrás de la política
 

¿Qué es el populismo? La explicación que necesitas para entender la política actual.

Hoy escuchamos la palabra «populismo» a todas horas en los noticieros y las redes sociales. A menudo se usa como un insulto para criticar a un político que promete cosas difíciles de cumplir o habla con pasión ante las masas. En la ciencia política no existe una definición única e indiscutida, pero varias corrientes académicas coinciden en estudiar cómo el populismo contrapone al «pueblo» con una «élite» y reclama que la política exprese la voluntad popular.

Para comprender qué es realmente, cómo funciona y por qué gana tanta fuerza en el mundo actual, no hace falta perderse en tecnicismos. Basta con consultar a los teóricos más importantes que han estudiado la política, tanto clásicos como contemporáneos.

1. La idea central: Un mundo dividido entre «buenos» y «malos»

El politólogo holandés Cas Mudde, uno de los mayores expertos actuales en el tema, define el populismo como una «ideología delgada». Esto significa que el populismo por sí solo no tiene una receta completa para gobernar (como sí la tienen el capitalismo o el marxismo), sino que se pega a otras ideas de izquierda o de derecha.

Según Mudde, el corazón del populismo consiste en dividir a la sociedad en dos grupos enfrentados:

  • El pueblo puro: La gente común, trabajadora y honesta, a la que el discurso presenta como la víctima histórica de los abusos.
  • La élite corrupta: El grupo reducido de políticos, banqueros, grandes empresarios o medios de comunicación que controlan el poder para su propio beneficio.

Para el populista, esta división no es solo económica, sino moral. El pueblo representa el bien y la élite representa el mal.

Por su parte, el pensador alemán Jan-Werner Müller, profesor de la Universidad de Princeton, añade una característica fundamental: el populismo es anti-pluralista. Un político no es populista solo por criticar a las élites; lo es cuando afirma que él y solo él representa al «pueblo verdadero». Quien no apoya al líder populista queda automáticamente etiquetado como un «traidor» o un «agente de la élite».

2. ¿El populismo es siempre malo? La voz de los teóricos

No todos los pensadores ven el populismo como una amenaza destructiva. La ciencia política ofrece dos grandes miradas sobre este fenómeno:

La visión crítica: Una amenaza a la democracia desde dentro

Autores como Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, politólogos de la Universidad de Harvard y autores del célebre libro Cómo mueren las democracias, advierten que los líderes populistas actuales ya no llegan al poder mediante golpes de Estado militares, sino a través de elecciones libres.

Una vez en el gobierno, utilizan las propias leyes para debilitar los contrapesos democráticos: presionan a los jueces, atacan a la prensa independiente y modifican las reglas electorales. Para estos autores, el populismo erosiona lentamente las «reglas no escritas» de la tolerancia política.

La visión defensora: La chispa que reactiva la política

En una perspectiva distinta, el teórico político argentino Ernesto Laclau analizó el populismo en La razón populista, mientras Chantal Mouffe desarrolló posteriormente una defensa del «populismo de izquierda». Para Laclau, el populismo no es una ideología completa ni una enfermedad de la democracia, sino una lógica política mediante la cual demandas diversas pueden articularse y construir una identidad colectiva llamada «pueblo».

Laclau explicaba que, cuando el sistema político deja sin respuesta distintas demandas sociales, estas pueden articularse en una «cadena de equivalencias». Un liderazgo o discurso común reúne esos reclamos frente a un adversario compartido y contribuye a construir la identidad política del «pueblo». Desde esta perspectiva, la movilización populista puede incorporar a grupos antes excluidos, aunque sus resultados democráticos dependen de las instituciones y del respeto al pluralismo.

3. Las herramientas del populismo: ¿Cómo funciona en la práctica?

Los estudios contemporáneos identifican varias estrategias frecuentes en los movimientos populistas. No forman un manual universal ni aparecen del mismo modo en todos los casos, pero ayudan a explicar cómo algunos liderazgos construyen una relación directa con sus seguidores.

El líder como encarnación de la gente

El líder populista suele presentarse como una persona cercana a la ciudadanía, capaz de compartir sus problemas y hablar su lenguaje. Pierre Rosanvallon ha analizado esta pretensión de encarnar directamente al pueblo, una representación que puede desplazar la diversidad social y las mediaciones institucionales.

El ataque a las instituciones intermedias

Para el pensamiento populista, las leyes complejas, los tribunales independientes y los parlamentos son «estorbos» o «trampas» inventadas por la élite para frenar la voluntad popular. Por eso, el líder busca saltarse esos filtros para comunicarse directamente con la gente.

El uso de la emoción y el lenguaje directo

Nicolás Maquiavelo observó en El Príncipe la importancia política de las apariencias y de la percepción pública. Los movimientos populistas contemporáneos aprovechan esa dimensión mediante un lenguaje sencillo y emocional, aunque aplicar directamente las categorías de Maquiavelo al populismo moderno sería anacrónico.

4. ¿Por qué sigue ganando tanto poder en el mundo de hoy?

El ascenso del populismo en el siglo XXI no se debe a que la gente haya cambiado de repente, sino a que las democracias tradicionales han dejado de cumplir sus promesas.

El historiador y politólogo Pierre Rosanvallon, en su obra El siglo del populismo, señala tres motores principales que explican su éxito actual:

  • La crisis de representación: Los ciudadanos sienten que da igual por quién voten, pues los gobiernos de distintos partidos terminan aplicando las mismas políticas económicas dictadas por expertos o mercados internacionales. Esto genera la sensación de que la política real se ha vuelto inútil.
  • La desigualdad y la incertidumbre: La pérdida de empleos estables, las crisis económicas y el temor a que los hijos vivan peor que los padres generan un terreno fértil para el descontento.
  • El impacto de las redes sociales: Las plataformas digitales eliminaron a los intermediarios (periodistas, editores, partidos). Permiten que los líderes hablen directo a la gente y que los algoritmos premien los mensajes polémicos que despiertan rabia o entusiasmo, la especialidad del discurso populista.

Un termómetro de la democracia

El populismo funciona en la política moderna como un termómetro. Cuando aparece con fuerza, indica que la sociedad tiene «fiebre», es decir, que existen profundas injusticias, desatenciones y descontentos que los partidos tradicionales no supieron resolver.

La lección que nos dejan autores como Cas Mudde, Jan-Werner Müller o Steven Levitsky es clara: combatir el populismo no se logra simplemente censurando o insultando a los líderes populistas, sino resolviendo los problemas reales de la gente que hacen que sus discursos resulten atractivos. Ignorar la fiebre nunca ha curado la enfermedad.

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Abogado y director de El Vlog. Autor de Antropología Política, espacio dedicado al análisis del poder, la historia política y las ideas que han construido México.

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