La historia detrás del poder. Las ideas detrás de la política
Dos grupos políticos enfrentados a ambos lados de una fractura simbólica frente a instituciones públicas, en una composición editorial sobre polarización.

Polarización política: cuando el adversario se vuelve enemigo

La polarización política se vuelve peligrosa cuando el desacuerdo termina en rechazo moral hacia quienes piensan distinto. Hay un momento en toda discusión política en que dejamos de escuchar lo que la otra persona dice y empezamos a preguntarnos qué clase de persona puede pensar así.

El adversario deja de ser alguien con quien tenemos una diferencia y empieza a convertirse en alguien moralmente sospechoso. Ya no discutimos la idea misma que se está planteando: juzgamos a la persona que piensa distinto a nosotros.

Ésa es una de las formas más visibles de la polarización política.En México también se ha vuelto parte fundamental de la estrategia política oficial.

Pero no toda división es mala

Tenemos intereses distintos, valores diferentes y maneras opuestas de imaginar una sociedad. Pretender eliminar esas diferencias sería tan poco democrático como intentar imponer una sola opinión.

Por eso conviene distinguir entre conflicto y enemistad.

Un adversario quiere derrotarme políticamente. Un enemigo, en cambio, amenaza mi forma de vida, mi identidad o incluso mi idea de lo que es moralmente aceptable.

Carl Schmitt llevó esta distinción al extremo al sostener que lo específicamente político aparece en la separación entre amigo y enemigo. Su teoría no es un manual para la convivencia democrática; resulta útil para reconocer hasta dónde puede llegar una política que convierte la pertenencia en una frontera.

Cuando esa lógica entra en una democracia, ganar una elección deja de ser suficiente. También hay que deslegitimar al otro.

Polarización política y rechazo afectivo

La ciencia política contemporánea habla de “polarización afectiva” para describir algo muy concreto: no sólo discrepamos con quienes apoyan al otro partido, sino que empezamos a sentir rechazo hacia ellos.

Una investigación reciente publicada en American Political Science Review descompone ese fenómeno en tres elementos: ver a los otros como fundamentalmente distintos, sentir aversión hacia ellos y convertir la identidad partidista en una cuestión moral.

Me parece una descripción bastante cercana a lo que vemos todos los días.

En redes sociales, por ejemplo, es común que una discusión sobre seguridad, economía o instituciones termine rápidamente en etiquetas. “Chairo”, “fifí”, “facho”, “vendido”, “conservador”, “comunista” «neoliberal». La etiqueta sustituye al argumento.

Basicamente dice «Si ya decidí quién eres, no necesito entender lo que dices».

Andrés Manuel López Obrador hizo de la división entre “pueblo” y “élite” una parte central de su comunicación. Un estudio sobre sus publicaciones en Facebook encontró que las referencias negativas a una élite corrupta estaban asociadas con respuestas más polarizadas entre sus seguidores.

Pero sería un error pensar que la polarización sólo puede aparecer en un bando. Cualquier identidad partidista puede terminar caricaturizando moralmente al contrario y encontrando en sus excesos una justificación para la propia hostilidad. Es una lógica cercana a lo que ya ocurre cuando la demagogia sustituye argumentos por emociones y etiquetas.

Ése es el círculo difícil de romper.

Yo puedo pensar que el otro empezó. Él pensará exactamente lo mismo de mí.

Un ejemplo viejo y muy mexicano

En el siglo XIX, liberales y conservadores mexicanos no discutían simplemente impuestos o administración pública. En distintos momentos llegaron a verse como proyectos incompatibles de nación. La Constitución de 1857 y el Plan de Tacubaya abrieron una ruptura que desembocó en la Guerra de Reforma. Después vendrían nuevos conflictos y la intervención francesa.

No conviene trasladar mecánicamente ese pasado al presente. México hoy tiene instituciones electorales, pluralidad pública y mecanismos de competencia que no existían entonces, aunque en los últimos años con menos margen de operación autónoma. Pero el ejemplo sirve para recordar algo elemental: cuando el rival deja de ser legítimo, la política empieza a buscar otros caminos para resolver el conflicto.

La democracia necesita algo incómodo

Necesita que aceptemos que una persona puede estar profundamente equivocada —desde nuestro punto de vista— y conservar exactamente los mismos derechos políticos que nosotros.

No significa renunciar a la crítica. Al contrario. Una democracia sin crítica sería una ficción. Significa conservar algo muy importante: puedo combatir tus ideas sin necesitar convertirte en una mala persona.

Muy probablemente eso es algo que estamos perdiendo.

Las redes sociales premian la indignación. Los dirigentes políticos descubren que atizar el miedo o el odio puede ser más eficaz que explicar porqué una política pública no ha funcionado. Y nosotros participamos porque sentirse parte de un bando ofrece algo que los argumentos rara vez ofrecen: identidad.

Discutir sin destruir al otro

No creo que la solución sea pedir una política sin pasión. Sería imposible y probablemente indeseable.

Lo que sí podemos hacer es recuperar una idea mucho más modesta: quien está enfrente es un adversario, no necesariamente un enemigo.

Puede perder hoy y ganar mañana. Puede gobernar y después entregar el poder. Puede equivocarse y tener razón en otra cosa.

Cuando aceptamos eso, la política puede transitar en el diálogo para resolver el conflicto y deja de ser una guerra moral.

Y ése puede ser el inicio de un nuevo camino.

Fuentes y lecturas

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Abogado, director de El Vlog y autor de Antropología Política. Escribe sobre historia de México, teoría política, instituciones, poder y cultura política.

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