La historia detrás del poder. Las ideas detrás de la política
Una multitud marcada por el agravio y la protesta frente a símbolos del poder político y social, en una composición editorial sobre resentimiento político.

Política del resentimiento: del agravio a la identidad

La política del resentimiento convierte un agravio en identidad colectiva y herramienta de movilización. El resentimiento político casi nunca empieza en la política.

Empieza mucho antes: cuando alguien siente que trabajó y no avanzó, que otros recibieron algo que a él le negaron, que su forma de vida dejó de ser respetada o que el país cambió sin preguntarle.

Esos sentimientos pueden tener causas muy reales. El error consiste en pensar que, por ser emocionales, son falsos.

La política los entiende bastante bien.

Política del resentimiento: del agravio al relato

Sentirse perjudicado no basta para construir una identidad política. Hace falta explicar por qué ocurrió.

Ahí aparece el relato: “te quitaron algo”, “otros se beneficiaron a tu costa”, “antes se respetaba a gente como tú”, “hay una élite que nunca te escuchó”.

La explicación puede contener hechos verdaderos, exageraciones o una mezcla de ambos. Lo decisivo es que convierte una experiencia individual en una experiencia colectiva.

Ya no soy yo quien perdió una oportunidad. Somos nosotros.

Y si existe un “nosotros” agraviado, tarde o temprano aparecerá un “ellos” responsable. Esa división conecta con la oposición entre pueblo y élite que analizamos al explicar qué es el populismo.

El resentimiento no pertenece a una ideología

A veces se habla del resentimiento como si fuera patrimonio exclusivo de la izquierda o de la derecha. No veo razones para pensarlo así.

Puede movilizar al trabajador que considera que una élite económica se enriqueció mientras su salario permanecía estancado. También puede movilizar a quien siente que cambios culturales rápidos convirtieron sus valores en motivo de burla.

Francis Fukuyama ha insistido en la importancia política del reconocimiento y la dignidad. Su argumento resulta útil porque recuerda que las personas no sólo votan por ingresos, impuestos o servicios. También quieren sentir que cuentan y que su posición en la sociedad es respetada.

Cuando alguien percibe que ha perdido ese reconocimiento, el agravio puede adquirir una enorme fuerza política.

Nietzsche y una palabra incómoda

Mucho antes de que habláramos de campañas digitales, Friedrich Nietzsche utilizó el término ressentiment para describir una forma de resentimiento que no se limita a sentir una ofensa, sino que reorganiza la manera de valorar al otro.

No conviene trasladar su filosofía directamente a una elección moderna. Pero hay una intuición interesante: una herida sostenida durante mucho tiempo puede terminar convirtiéndose en una explicación moral del mundo.

El que tiene éxito ya no es simplemente alguien exitoso; quizá sea un privilegiado. El que discrepa no está simplemente equivocado; quizá sea parte del grupo responsable de nuestra situación.

La realidad empieza a ordenarse alrededor del agravio.

Cómo un dirigente moviliza el resentimiento

Un dirigente hábil no siempre crea el resentimiento. Muchas veces lo encuentra.

Lo escucha, le pone palabras y ofrece un culpable reconocible. Después promete algo todavía más poderoso que una política pública: reparación.

Eso explica por qué algunos mensajes políticos sobreviven incluso cuando sus propuestas concretas son vagas. El vínculo no depende solamente de resultados. Depende de la sensación de que, por fin, alguien reconoce una injusticia que otros ignoraron.

Ese reconocimiento puede ser legítimo. Hay agravios históricos que exigieron movimientos políticos para ser atendidos: derechos laborales, discriminación, exclusión política, desigualdad ante la ley.

Por eso no creo que la respuesta sea despreciar el resentimiento. Hacerlo puede confirmar exactamente lo que siente quien está resentido: que nadie lo escucha.

El peligro está en necesitar siempre un culpable

Una política nacida de un agravio puede corregir una injusticia.

Pero también puede descubrir que el agravio es demasiado útil para abandonarlo.

Si mi identidad política depende de que exista un grupo que me dañó, resolver el problema puede resultar menos conveniente que mantener vivo al adversario. Siempre habrá una nueva élite, un nuevo traidor o un nuevo responsable al que atribuir lo que salió mal.

Entonces el resentimiento deja de ser una reacción y se convierte en una forma de pertenencia.

Eso es lo que me parece más preocupante.

Reconocer el dolor sin vivir de él

Una democracia debería ser capaz de escuchar agravios sin convertirlos en combustible permanente.

Necesita reconocer injusticias reales, corregirlas cuando sea posible y, al mismo tiempo, evitar que toda la vida pública termine organizada alrededor de cuentas pendientes.

No es fácil. El resentimiento tiene una ventaja política enorme: ofrece una explicación sencilla y un responsable visible. La realidad, en cambio, suele ser desordenada.

Quizá por eso conviene hacernos una pregunta cada vez que un dirigente nos explica quién tiene la culpa de todo:

¿está ayudándonos a resolver un agravio o necesita que sigamos sintiéndolo?

La diferencia entre ambas cosas puede decir mucho más de un proyecto político que cualquiera de sus eslóganes.

Fuentes y lecturas

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Abogado, director de El Vlog y autor de Antropología Política. Escribe sobre historia de México, teoría política, instituciones, poder y cultura política.

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