El liderazgo carismático descansa en la confianza que despierta una persona. Su fuerza puede movilizar a una sociedad, ¿Pero qué ocurre cuando esa confianza pesa más que las reglas?.
Siempre me ha parecido interesante la tensión entre el líder fuerte y la institución. El primero promete decisión, velocidad y rumbo. La segunda pone reglas, límites y procedimientos. Uno entusiasma. La otra desespera.
El problema se da cuando empezamos a pensar que las reglas estorban porque confiamos demasiado en quien gobierna.
Liderazgo carismático y autoridad en Max Weber
Max Weber distinguió tres grandes tipos ideales de autoridad: tradicional, legal-racional y carismática.
La autoridad carismática descansa en la creencia de los seguidores en las cualidades extraordinarias de una persona. La legal-racional, en cambio, descansa en reglas impersonales y cargos definidos. No obedecemos al funcionario porque sea extraordinario, sino porque ocupa legítimamente una función dentro de un sistema.
Cuando domina la lógica institucional decimos: “esto puede hacerlo el presidente porque la ley le da esa facultad”. Cuando domina la lógica personal decimos: “déjenlo hacerlo porque confiamos en él”.
No es lo mismo.
Ventajas y límites del liderazgo carismático
Sería demasiado fácil presentar el liderazgo carismático como algo necesariamente malo. No lo es.
En momentos de crisis, una figura capaz de reunir voluntades puede romper inercias, comunicar con claridad y hacer posibles decisiones que un sistema fragmentado no consigue tomar. La historia está llena de dirigentes que lograron movilizar sociedades enteras alrededor de cambios importantes.
Además, las instituciones pueden ser lentas, corruptas o simplemente incapaces de responder a lo que una sociedad necesita. Defenderlas por costumbre tampoco tiene sentido.
La pregunta, entonces, no es si debemos tener líderes fuertes. La pregunta es qué ocurre cuando la fortaleza del líder empieza a sustituir la fortaleza de las reglas.
Julio César y una vieja tentación
La República romana ofrece un ejemplo extremo, pero útil.
Julio César no destruyó él solo las instituciones republicanas. Roma llevaba décadas de conflictos sociales, violencia política, rivalidades entre generales y concentración de poder. Sin embargo, su ascenso mostró con enorme claridad lo que sucede cuando el prestigio militar, la lealtad personal y la capacidad política de un individuo terminan pesando más que los mecanismos tradicionales del sistema. En el 49 a. C., César cruzó el Rubicón con tropas, inició una guerra civil y, tras imponerse, acabó concentrando un poder extraordinario.
La lección que me interesa no es comparar a cualquier político moderno con César. La lección es otra: las instituciones rara vez desaparecen de un día para otro. Primero empiezan a parecer menos importantes que la persona.
“Pero él sí es honesto”
Ésta es probablemente la frase que mejor resume el problema.
Si una regla es necesaria únicamente cuando gobierna alguien en quien no confío, entonces no estoy defendiendo una regla. Estoy defendiendo una excepción para mi bando.
Los límites institucionales existen precisamente porque ningún sistema puede depender de saber de antemano si la persona que llegará al poder será prudente, honesta o competente.
Una constitución no está diseñada para el gobernante que admiramos. Está diseñada también para el que todavía no conocemos.
Por eso los contrapesos pueden resultar molestos incluso cuando funcionan correctamente. Un Congreso que discute, un juez que frena una decisión o una autoridad autónoma que contradice al Ejecutivo producen frustración. Pero esa fricción forma parte del diseño.
Las democracias modernas prefieren perder algo de velocidad a cambio de reducir el riesgo de que una sola voluntad pueda decidirlo todo.
El verdadero legado de un dirigente
A veces medimos a los líderes por las obras que inauguran, las reformas que aprueban o la cantidad de elecciones que ganan.
Yo añadiría otra pregunta: ¿qué queda funcionando cuando esa persona se va? La historia del Maximato y el poder de Calles ofrece un caso mexicano para pensar la relación entre autoridad personal y cargos institucionales.
Si todo dependía de su capacidad de mando, de sus relaciones personales o de la fidelidad que despertaba, quizá construyó poder, pero no necesariamente instituciones.
Una institución fuerte tiene algo de ingrato. Sobrevive a quien la creó. Incluso puede terminar siendo utilizada por personas con las que su fundador habría estado en desacuerdo.
Ahí está precisamente su gran valor.
Confiar menos en las personas y más en las reglas
No porque todas las personas sean malas. Tampoco porque las instituciones sean virtuosas por definición. Sino porque el poder cambia de manos.
La regla que hoy limita al político que me gusta mañana limitará al político que detesto. Y el mecanismo que hoy quisiera eliminar porque estorba a mi proyecto puede ser exactamente el que mañana necesite para protegerme del proyecto contrario.
Ésa es una de las paradojas de la democracia: sus mejores defensas suelen parecer innecesarias cuando gobierna alguien en quien confiamos.
Hasta que deja de hacerlo.
