La creación de Morena no comenzó con su registro como partido en 2014. Fue el resultado de años de organización alrededor de Andrés Manuel López Obrador y de una ruptura cada vez más profunda con el PRD.
El 9 de septiembre de 2012, Andrés Manuel López Obrador reunió de nuevo a sus seguidores en el Zócalo de la Ciudad de México. Habían pasado poco más de dos meses desde la elección presidencial que dio el triunfo a Enrique Peña Nieto y unos días desde que el Tribunal Electoral declaró válida aquella elección.
López Obrador había perdido por segunda vez la Presidencia. Pero esta vez no anunció una resistencia semejante a la de 2006. Hizo otra cosa.
Comunicó que se separaba del PRD, del Partido del Trabajo y de Movimiento Ciudadano. Cuidó las palabras. Dijo que no se trataba de una ruptura, agradeció a quienes lo habían acompañado durante años y anunció que, en adelante, concentraría su trabajo político en el Movimiento Regeneración Nacional. Morena tendría que decidir en los meses siguientes si continuaba como asociación civil o daba el paso para convertirse en partido.
En ese momento era imposible conocer el alcance de aquella decisión.
Doce años después, el panorama era otro. Morena había ganado dos elecciones presidenciales consecutivas y el partido del que López Obrador se había separado había dejado de existir como fuerza política nacional. El 19 de septiembre de 2024, el Instituto Nacional Electoral declaró formalmente la pérdida del registro del PRD después de que no alcanzara el 3% de la votación válida exigido por la ley.
Entre ambos acontecimientos transcurrieron apenas doce años.
¿Cómo pudo una organización tan joven desplazar al partido que durante décadas había representado a la izquierda mexicana?
La respuesta no está solamente en Morena. También está en lo que estaba ocurriendo dentro del PRD, en el deterioro de los partidos tradicionales y, sobre todo, en la capacidad de López Obrador para construir alrededor suyo una organización que existía antes de tener registro electoral.
Antes de Morena estaba el PRD
El Partido de la Revolución Democrática apareció formalmente en 1989. El acuerdo que reconoció la transformación del antiguo Partido Mexicano Socialista en PRD fue aprobado el 26 de mayo y publicado en el Diario Oficial el día 29. A la nueva organización llegaron distintas corrientes de izquierda y figuras procedentes de la ruptura priista encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas después de la elección presidencial de 1988.
Durante los años siguientes, el PRD se convirtió en algo que la izquierda mexicana no había tenido hasta entonces: un partido nacional capaz de gobernar, competir por la Presidencia y disputar territorios importantes al PRI y al PAN.
Andrés Manuel López Obrador construyó dentro de esa organización buena parte de su carrera nacional. Gobernó el Distrito Federal y en 2006 fue candidato presidencial de la coalición encabezada por el PRD.
La derrota de aquel año cambió su trayectoria.
López Obrador desconoció el resultado oficial, denunció fraude y mantuvo una movilización política que continuó mucho después de terminada la elección. Vinieron la Convención Nacional Democrática, el llamado gobierno legítimo, la movilización contra la reforma petrolera y una larga serie de recorridos por municipios de todo el país.
Aquello no era todavía Morena, pero ya estaba naciendo la organización que terminaría convirtiéndose en Morena.
Los estudios sobre sus orígenes coinciden en la importancia de ese periodo. Después de 2006, López Obrador comenzó a construir una red política propia, sostenida por comités, brigadas, simpatizantes y organizaciones que no dependían completamente de las estructuras del PRD.
Ésa fue una diferencia decisiva.
Durante algunos años López Obrador siguió perteneciendo al PRD, pero su movimiento ya empezaba a tener vida propia.
La creación de Morena como movimiento en 2011
El 2 de octubre de 2011, el Movimiento Regeneración Nacional se constituyó formalmente como asociación civil en un acto celebrado en el Auditorio Nacional.
En aquellos días López Obrador insistía en que Morena no sería un partido. Lo presentaba como un movimiento amplio, integrado por ciudadanos de distintas procedencias y organizado mediante comités territoriales y estructuras nacionales y estatales.
La distinción tenía sentido entonces. Para competir por la Presidencia en 2012, López Obrador todavía dependía del PRD, el PT y Movimiento Ciudadano.
Pero ya llegaba a esa elección con algo que no tenía en 2006: una base organizada por fuera de los partidos que lo postulaban.
El resultado volvió a ser insuficiente. La coalición Movimiento Progresista obtuvo 15 millones 896 mil 999 votos, equivalentes al 31.59%, frente al 38.21% de Enrique Peña Nieto.
Después de aquella segunda derrota, la convivencia entre López Obrador y el PRD llegó a su límite.
No era una disputa reciente. Durante años había existido una tensión entre el liderazgo electoral de López Obrador y las corrientes que controlaban buena parte de la estructura interna del partido, especialmente Nueva Izquierda.
Él conservaba una enorme capacidad para movilizar votantes. Otros dirigentes controlaban buena parte de la organización partidista.
Era una convivencia cada vez más difícil.
La separación del PRD
Cuando López Obrador anunció su salida en septiembre de 2012, todavía no se había firmado el Pacto por México.
La precisión importa porque con frecuencia ambos acontecimientos se presentan como si uno hubiera provocado inmediatamente el otro.
El Pacto fue firmado el 2 de diciembre de 2012 por el gobierno de Peña Nieto y las dirigencias del PRI, PAN y PRD. López Obrador había anunciado su separación casi tres meses antes.
Eso no significa que el Pacto fuera irrelevante.
Terminó haciendo más visible la distancia entre dos proyectos que ya habían tomado caminos distintos.
Una parte de la dirigencia perredista consideraba posible negociar con el nuevo gobierno para influir en reformas nacionales. López Obrador planteaba una oposición mucho más frontal al regreso del PRI a la Presidencia.
Para entonces, además, el PRD arrastraba problemas internos que iban bastante más allá de López Obrador. Un estudio publicado en Estudios Políticos en 2014 describía al partido en una de las crisis más graves de su historia: disputas entre corrientes, problemas de identidad, cuestionamientos a la conducción de Nueva Izquierda y la pérdida de quien había sido su principal activo electoral.
Morena encontró ahí una oportunidad.
Pero todavía faltaba convertir una red de simpatizantes en un partido capaz de competir por votos, candidaturas y gobiernos.
El registro de Morena como partido en 2014
La construcción formal del partido fue mucho menos visible que las grandes movilizaciones, aunque probablemente más importante para explicar lo que vendría después.
Morena tuvo que cumplir las mismas reglas establecidas para cualquier organización que pretendiera obtener registro nacional: afiliar ciudadanos, realizar asambleas y acreditar una estructura política efectiva ante la autoridad electoral.
El resultado permite medir mejor su capacidad organizativa.
El INE reconoció 496 mil 729 afiliados y 30 asambleas estatales válidas. El Consejo General aprobó el registro de Morena como partido político nacional el 9 de julio de 2014, con efectos a partir del 1 de agosto.
Legalmente era un partido nuevo.
Políticamente no comenzaba desde cero.
Detrás estaban años de recorridos, movilizaciones, organización territorial y un dirigente que ya había obtenido alrededor de un tercio de la votación presidencial en dos elecciones consecutivas.
Eso explica parte de la velocidad con la que creció.
Morena estrenaba registro.
López Obrador llevaba años construyendo una base electoral.
2015: el aviso que el PRD no podía ignorar
Las elecciones intermedias de 2015 fueron la primera prueba federal para Morena.
El resultado mostró que la competencia dentro de la izquierda había cambiado mucho más rápido de lo esperado.
En la votación válida utilizada para distribuir las diputaciones de representación proporcional, el PRD consiguió 11.44%. Morena obtuvo 8.83%. La organización con menos de un año de registro efectivo estaba ya a menos de tres puntos del partido que había representado durante un cuarto de siglo a buena parte de la izquierda mexicana.
En la Ciudad de México la disputa fue todavía más evidente. Morena comenzó a arrebatar al PRD territorios que durante años habían sido parte de su principal bastión electoral.
El fenómeno no se explica únicamente por una transferencia automática de votos.
López Obrador había conseguido mantener una relación directa con un sector importante del electorado que antes votaba por el PRD. Cuando apareció una nueva organización encabezada por él, muchos de esos votantes tuvieron una alternativa inmediata.
El PRD quedó ante una pregunta incómoda: qué podía ofrecer después de perder al dirigente que había sido su candidato presidencial en 2006 y 2012.
La respuesta nunca terminó de ser suficientemente clara.
El PRD llevaba años desgastándose
Morena hizo mucho para desplazar al PRD, pero sería injusto atribuirle por completo su desaparición.
El problema venía de dentro.
Las corrientes internas, conocidas popularmente como tribus, habían formado parte de la vida perredista desde sus primeros años. Con el tiempo, algunas dejaron de funcionar únicamente como espacios de discusión política y se convirtieron también en estructuras para negociar cargos, candidaturas y posiciones de poder.
Esa fragmentación dificultaba construir una dirección reconocida por todo el partido.
La salida de López Obrador agravó la situación. También lo hizo el acercamiento de la dirigencia perredista al gobierno de Peña Nieto mediante el Pacto por México, que generó rechazo entre militantes y electores acostumbrados a identificar al PRD con una oposición más frontal.
La literatura académica de la época recogió esos problemas antes de que el desplome electoral fuera definitivo. El PRD enfrentaba una crisis de liderazgo, identidad e institucionalización que no empezó con Morena, aunque la aparición de Morena la volvió mucho más difícil de resolver.
El partido nuevo se benefició de ese deterioro.
Y supo aprovecharlo.
Para ganar la Presidencia había que ir más allá de la izquierda
Había, sin embargo, un límite evidente.
López Obrador había obtenido alrededor de un tercio de los votos en 2006 y nuevamente en 2012. Si Morena se limitaba a quedarse con el electorado histórico del PRD, podía convertirse en la principal fuerza de izquierda, pero eso no garantizaba ganar la Presidencia.
La estrategia de 2018 mostró que el objetivo era más amplio.
La coalición Juntos Haremos Historia reunió a Morena y al Partido del Trabajo con Encuentro Social, una fuerza que sostenía posiciones sociales conservadoras muy alejadas de algunos sectores tradicionales de la izquierda.
No fue una alianza ideológicamente homogénea.
Fue una alianza para ganar.
Ese pragmatismo decía algo sobre la transformación de Morena. El partido había nacido de una ruptura dentro de la izquierda, pero su discurso ya no estaba dirigido exclusivamente a los votantes de izquierda.
Como se explica en el análisis del populismo en México, la oposición entre pueblo y élites permite reunir demandas distintas. Su adversario político era presentado de manera más amplia: las élites gobernantes, la corrupción, los gobiernos del PRI y del PAN y lo que López Obrador denominaba el régimen existente.
Eso permitió reunir inconformidades muy distintas.
Los estudios electorales posteriores muestran que el crecimiento de Morena en 2018 no puede explicarse solamente por antiguos votantes del PRD. También recibió apoyos procedentes del PRI, del PAN, de otros partidos y de ciudadanos cuyas lealtades partidistas se estaban deshaciendo.
Morena ya no estaba sustituyendo solamente a otro partido de izquierda.
Estaba reorganizando el mapa político.
2018: el cambio queda a la vista
Los resultados del 1 de julio fueron contundentes.
Andrés Manuel López Obrador obtuvo 30 millones 113 mil 483 votos, el 53.19% de la elección presidencial.
De ellos, 25 millones 186 mil 577 fueron votos marcados exclusivamente por Morena: 44.49% de la votación nacional.
El PRD recibió 1 millón 602 mil 715 votos, apenas 2.83%, dentro de la coalición que postuló a Ricardo Anaya.
Seis años antes, López Obrador había sido candidato presidencial de una coalición encabezada por el PRD.
Ahora llegaba a la Presidencia al frente de Morena mientras el partido que lo había postulado durante años se encontraba aliado con el PAN.
La elección hizo visible un cambio que venía produciéndose desde antes.
El sistema organizado durante años alrededor de PRI, PAN y PRD se estaba deshaciendo.
Una investigación de Foro Internacional describe el periodo 2012-2018 como una reconfiguración radical derivada del deterioro de las tres fuerzas que habían estructurado la competencia desde los años noventa. Morena fue el principal beneficiario, pero su crecimiento formó parte de una crisis partidista mucho mayor.
Morena aprende a ser gobierno
Llegar a la Presidencia cambió al partido.
Durante años, el elemento que había mantenido unido al movimiento era bastante sencillo de identificar: López Obrador y el objetivo de llevarlo al poder.
Gobernar era otra cosa.
A partir de 2018 llegaron gubernaturas, bancadas legislativas, alcaldías, candidaturas, funcionarios y dirigentes provenientes de otros partidos. Morena creció territorialmente y abrió sus puertas a políticos con trayectorias muy distintas.
Ya no era solamente la organización construida por antiguos perredistas y activistas del movimiento lopezobradorista.
Había priistas, panistas, integrantes de partidos pequeños, dirigentes locales y figuras sin una trayectoria previa en la izquierda.
Eso produjo una organización menos fácil de definir ideológicamente, pero mucho más amplia desde el punto de vista electoral.
Los trabajos académicos sobre sus primeros años ya habían advertido la enorme centralidad de López Obrador dentro de Morena y las dificultades que esa característica podía plantear para su institucionalización.
Por eso la elección de 2024 era una prueba distinta.
López Obrador ya no estaría en la boleta.
2024: Morena demuestra que puede conservar la Presidencia
Claudia Sheinbaum ganó la elección del 2 de junio de 2024 con 35 millones 924 mil 519 votos, equivalentes al 59.7594%.
El resultado fue incluso más amplio, en términos porcentuales, que el obtenido por López Obrador seis años antes.
La victoria mostró que Morena había conseguido algo que pocos partidos construidos alrededor de un liderazgo personal logran tan pronto: transferir una parte muy considerable de ese respaldo a una candidata distinta de su fundador.
En la otra esquina de esta historia estaba el PRD.
Tres meses después de la elección, el INE confirmó que no había alcanzado el 3% necesario para mantener su registro nacional. El partido nacido en 1989 dejaba de existir como partido político nacional 35 años después.
La sustitución era ya imposible de negar.
Pero el mapa político tampoco podía describirse como una simple transferencia PRD-Morena.
Para entonces Morena había crecido mucho más allá de la antigua izquierda perredista.
¿Morena es ya el nuevo PRI?
La comparación aparece constantemente y tiene motivos evidentes.
Morena ganó las presidenciales de 2018 y 2024 por márgenes amplios, extendió su presencia territorial, reunió grandes bancadas legislativas y consiguió atraer dirigentes procedentes prácticamente de todo el sistema de partidos.
Eso recuerda algunos rasgos del viejo predominio priista, cuyo contexto puede ampliarse en la historia del PRI y sus 71 años en el poder.
Pero las palabras importan.
Hablar de un partido dominante o predominante no significa exactamente lo mismo que hablar de un partido hegemónico.
En un sistema hegemónico, la oposición puede existir formalmente, pero sus posibilidades reales de sustituir al partido gobernante están severamente restringidas. Esa categoría fue utilizada durante años para describir al sistema político construido alrededor del PRI.
México conserva hoy competencia electoral, partidos opositores, gobiernos estatales no controlados por Morena y la posibilidad jurídica de alternancia.
Por eso resulta más preciso, al menos por ahora, hablar de predominio.
Un libro académico publicado por el ITESO en 2026 utiliza precisamente esa categoría para analizar las elecciones de 2024: considera que los resultados consolidaron a Morena como partido predominante, dentro de un sistema formalmente plural y con crecientes discusiones sobre contrapesos y calidad democrática.
La diferencia es importante.
Ganar muchas elecciones no basta para construir una hegemonía.
La cuestión decisiva es si las condiciones de competencia siguen permitiendo que quien gobierna pueda perder.
Del Zócalo al centro del sistema político
Cuando López Obrador anunció su separación del PRD en aquel Zócalo de septiembre de 2012, Morena todavía tenía que decidir si quería ser partido.
Dos años después consiguió el registro.
En 2015 participó por primera vez en una elección federal.
En 2018 ganó la Presidencia.
En 2024 volvió a ganarla, ahora con Claudia Sheinbaum.
En ese mismo proceso, el PRD perdió el registro nacional.
La secuencia es extraordinariamente rápida, pero no fue producto de una sola causa.
Morena tuvo el liderazgo de López Obrador, una organización territorial construida durante años y una identidad política fácil de reconocer. Al mismo tiempo, apareció cuando el sistema de partidos que había dominado la transición mexicana atravesaba su mayor crisis. El PRD estaba dividido. El PRI se deterioró después de regresar a la Presidencia. El PAN no consiguió absorber por sí solo todo el voto de rechazo.
Morena recogió una parte considerable de ese descontento y lo reunió bajo una nueva identidad política.
Primero desplazó al PRD como principal fuerza de izquierda.
Después dejó de competir solamente por ese espacio.
Su crecimiento incorporó votantes y dirigentes de procedencias muy distintas hasta convertirse en el centro alrededor del cual empezó a reorganizarse la política nacional.
Decir que Morena “devoró” al PRD sirve como imagen, pero se queda corto.
El PRD perdió su lugar porque Morena se lo disputó con éxito, aunque también porque llevaba años debilitándose desde dentro. Y Morena llegó al poder porque consiguió hacer algo que el PRD nunca pudo completar: salir de los límites electorales tradicionales de la izquierda y reunir una coalición social mucho más amplia.
Ahí está el cambio que realmente importa.
Morena nació para darle a López Obrador una organización propia.
Terminó ocupando el centro del sistema político mexicano.
Lo que todavía no sabemos es cuánto durará esa posición.
Porque la medida más importante de un partido dominante no es únicamente cuánto gana mientras está en el poder.
También es si sigue existiendo una posibilidad real de que, algún día, pueda perderlo.
